En tiempos de likes, cancelaciones exprés y gurús de la masculinidad convertidos en espectáculo, El último mono llega con vocación de comedia popular y mirada afilada sobre el presente. La película dirigida por Joaquín Mazón enfrenta a un seductor profesional de Internet con una cómica feminista, y convierte ese duelo en una batalla de egos, discursos públicos y atracción inesperada.
Una comedia nacida en plena era del algoritmo
La premisa tiene algo de experimento social y mucho de carnaza para redes: Alejandro, interpretado por Juan Dávila, es un gurú de la seducción que vende seguridad, frases contundentes y promesas de éxito sentimental a quienes sueñan con convertirse en "machos alfa". Su personaje vive de la pose, del aplauso fácil y de esa mezcla de provocación y carisma que tan bien funciona en Internet. En la otra esquina aparece Mariela, encarnada por Susana Abaitua, una comediante feminista que se ha convertido en su réplica perfecta: inteligente, combativa y capaz de desmontar con humor el discurso que Alejandro representa. El detonante no puede ser más televisivo: él acepta el reto de conquistarla en solo tres días, con la mirada del público digital pegada a cada gesto.

El último mono
La película toma esa rivalidad como punto de partida para desplegar una comedia romántica pasada por el filtro de la sátira social. Aquí no basta con preguntarse si los protagonistas acabarán gustándose; lo interesante es observar qué ocurre cuando dos personajes acostumbrados a vivir de su imagen pública empiezan a perder el control del relato. El último mono juega con los códigos del género —el choque inicial, la química inesperada, los malentendidos—, pero los actualiza con un barniz muy reconocible: pantallas, seguidores, discursos inflamados y una necesidad casi enfermiza de tener siempre la última palabra.
Joaquín Mazón afina la maquinaria de la comedia comercial
Joaquín Mazón se mueve en un terreno que conoce bien: la comedia de ritmo rápido, personajes reconocibles y situaciones llevadas al límite. En esta ocasión, el guion de Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano se apoya en un enfrentamiento ideológico muy visible, pero evita convertir la película en un sermón. Su apuesta parece clara: hacer reír primero y, después, dejar que el espectador detecte las grietas de unos personajes que quizá no son tan sólidos como aparentan. Alejandro presume de dominar el deseo ajeno, Mariela domina el escenario y la palabra; ambos, sin embargo, quedan expuestos cuando la vida real se cuela entre sus respectivas máscaras.
Lo más interesante de la propuesta es su voluntad de dialogar con el presente sin renunciar al envoltorio ligero. La película no pretende diseccionar la masculinidad contemporánea con bisturí académico, sino caricaturizar sus tics más visibles: los cursos milagro, las frases de autoayuda convertidas en dogma, la necesidad de parecer invulnerable. Frente a eso, también observa cómo ciertos debates públicos pueden convertirse en una coreografía de consignas donde importa tanto tener razón como ganar la escena. Esa tensión entre fondo social y vocación de entretenimiento es la que da personalidad al conjunto.
Juan Dávila y Susana Abaitua: duelo de presencia y réplica
Juan Dávila encuentra en Alejandro un personaje hecho a medida para explotar su vis cómica: un hombre que se vende como maestro de la seducción, pero que deja entrever, bajo la fachada de seguridad, una fragilidad bastante más divertida que su discurso. Su interpretación se apoya en la exageración, en el desparpajo y en una autoparodia que permite que el personaje no quede reducido a un simple villano de manual. Susana Abaitua, por su parte, aporta a Mariela una energía distinta: más seca, más irónica, más contenida, pero igualmente poderosa. Su gran baza es no convertirla en una figura únicamente reactiva, sino en alguien con contradicciones propias.
El reparto secundario, con nombres como Óscar Lasarte, Conchi Espejo, Xavi Francés, Paula García Sabio y Jany Collado, funciona como caja de resonancia de ese mundo hiperconectado donde todo se comenta, se juzga y se transforma en espectáculo. Más que simples acompañantes, estos personajes ayudan a construir el ruido alrededor de la pareja protagonista: amigos, entorno profesional, público y voces que presionan para que Alejandro y Mariela sigan interpretando el papel que se espera de ellos.
La sátira está en la pantalla… y en quien la mira
Donde El último mono encuentra su filón más actual es en su retrato de la vida mediatizada por redes. La película entiende que hoy una discusión sentimental rara vez se queda en privado: puede convertirse en hilo, vídeo, reacción, meme o sentencia colectiva en cuestión de minutos. Ese ecosistema obliga a los personajes a actuar no solo para el otro, sino para una audiencia invisible que exige coherencia, espectáculo y posicionamiento constante.
La comedia, por tanto, no nace únicamente del choque entre machismo y feminismo, sino de la dificultad de ser una persona compleja cuando el entorno premia las etiquetas simples. Alejandro debe ser el seductor infalible; Mariela, la réplica firme y brillante. Cada uno arrastra una marca personal que empieza a pesar más que sus propios deseos. Ahí aparece la lectura más jugosa de la película: detrás de las frases rotundas, de las poses ideológicas y de la teatralidad digital, quizá solo haya dos personas intentando no quedar en ridículo delante del mundo.
Veredicto: ligera, reconocible y con tema de conversación
El último mono funciona como una comedia de actualidad: accesible, directa y pensada para generar conversación después de la proyección. Su mayor virtud está en tomar elementos muy presentes en la cultura digital —los gurús virales, la guerra de discursos, la exposición permanente— y convertirlos en material de comedia romántica. No busca reinventar el género, pero sí darle un envoltorio reconocible para el espectador de hoy.
Con una duración cercana a los 85 minutos, la película parece apostar por la agilidad antes que por la profundidad solemne. Y esa puede ser precisamente su mejor carta: hablar de masculinidad, feminismo, deseo y redes sociales desde un tono ligero, sin perder de vista que la risa también puede ser una forma de diagnóstico. El último mono se mueve entre la caricatura y el espejo, entre el gag y la pregunta incómoda. Una propuesta de comedia española que, más que cerrar debates, los lleva a la sala con palomitas, ironía y ganas de pelea verbal.





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