España se ha consolidado durante la última década como uno de los grandes escenarios europeos para el cine y las series internacionales. Desiertos capaces de doblar por mundos lejanos, cascos históricos que funcionan como ciudades de época, playas, puertos, montañas, arquitectura contemporánea y una red de profesionales técnicos han convertido al país en un destino habitual para producciones extranjeras. Sin embargo, el momento actual combina dos realidades: el enorme retorno económico que dejan los rodajes y la creciente competencia de otros territorios europeos por atraer esos mismos proyectos.
El primer estudio sobre el impacto económico de los rodajes internacionales en España, impulsado por Spain Film Commission con la colaboración de PROFILM y elaborado por Olsberg SPI, situó el foco en un dato especialmente relevante: cada euro público invertido a través de incentivos fiscales generó nueve euros adicionales para la economía española. El análisis, referido al periodo 2019-2022, examinó 165 producciones internacionales beneficiadas por estos incentivos y calculó un gasto total superior a 1.320 millones de euros, con una aportación estimada de casi 1.800 millones de euros al Valor Agregado Bruto.
La dimensión del fenómeno no se limita al sector audiovisual. Un rodaje internacional moviliza productoras de servicios, equipos técnicos, figuración, transporte, alojamiento, restauración, alquiler de maquinaria, construcción de decorados, seguridad, maquillaje, vestuario, efectos visuales y postproducción. Por eso, el interés público de esta actividad va más allá de la presencia de estrellas o grandes plataformas: la llegada de una producción puede activar durante semanas o meses economías locales enteras, especialmente en territorios con capacidad para ofrecer localizaciones singulares y servicios especializados.

Un equipo internacional de rodaje trabaja en una localización española, reflejo del peso creciente de España como escenario audiovisual y motor económico para territorios, empresas y profesionales del sector
La evolución más reciente, no obstante, introduce señales de alerta. Según el Informe de Inversión Audiovisual Internacional 2025 de PROFILM, las producciones extranjeras gestionadas por sus empresas asociadas generaron en España 103,9 millones de euros de inversión directa en 2025, con 24 proyectos audiovisuales, 6.490 contratos laborales, 29,4 millones de euros destinados a salarios y 9,7 millones en cotizaciones a la Seguridad Social. Aunque las cifras mantienen a España dentro del mapa internacional de rodajes, suponen un retroceso respecto a 2024, cuando se registraron 129,9 millones de euros de inversión, 27 proyectos y 8.510 contratos.
El descenso equivale a una caída del 20% en inversión directa, del 11% en número de proyectos y del 23,7% en contratación. La lectura sectorial apunta a un cambio cualitativo: España continúa acogiendo producciones, pero con menor volumen económico medio. En otras palabras, el país no desaparece del radar de los productores internacionales, pero podría estar perdiendo parte de los grandes proyectos que generan mayor gasto, más empleo y mayor capacidad de difusión global.
La competencia internacional explica parte de esta tensión. Países europeos con incentivos fiscales más agresivos, tramitaciones rápidas y marcos de seguridad jurídica estables pugnan por atraer superproducciones, series de plataformas y trabajos de postproducción. España cuenta con ventajas evidentes: diversidad de paisajes, clima favorable, infraestructuras, experiencia técnica y una imagen internacional consolidada. Pero en un mercado globalizado, esas fortalezas deben competir con decisiones empresariales marcadas por presupuestos, tiempos de aprobación, costes y garantías administrativas.
El mapa territorial también muestra cambios significativos. En 2025, Andalucía y Canarias destacaron entre los principales polos de inversión internacional, mientras que Madrid, Cataluña, Comunidad Valenciana y Baleares mantuvieron actividad en distintos niveles. La distribución de proyectos no solo refleja la capacidad de cada comunidad para atraer rodajes, sino también el papel de las film commissions, los incentivos regionales, la disponibilidad de profesionales y la facilidad para coordinar permisos en entornos urbanos, naturales o patrimoniales.
El atractivo de España se ha construido también sobre una memoria audiovisual reconocible. Producciones internacionales de alto perfil han utilizado localizaciones españolas para recrear mundos históricos, escenarios de acción o paisajes de ficción, generando una segunda vida turística para algunos destinos. Este impacto, conocido como turismo de pantalla, puede traducirse en visitas, rutas temáticas y promoción indirecta de municipios que aparecen en series o películas de gran alcance. No obstante, los expertos del sector insisten en que el valor estratégico está en convertir esa visibilidad en tejido industrial estable, no solo en visitas puntuales.
El reto inmediato pasa por mantener el equilibrio entre atracción internacional y fortalecimiento de la industria nacional. Las producciones extranjeras aportan inversión, empleo y transferencia de conocimiento, pero también exigen capacidad de respuesta, equipos cualificados y planificación. Si la actividad se reduce o se desplaza hacia otros países, el impacto no afectará únicamente a las productoras de servicios: alcanzará a hoteles, transportistas, proveedores técnicos, profesionales autónomos, estudios, empresas de construcción efímera, especialistas digitales y numerosos trabajadores vinculados a la cadena audiovisual.
Por ahora, España conserva una posición relevante en el tablero internacional. Los datos acumulados entre 2021 y 2025 muestran cerca de 1.000 millones de euros de inversión directa canalizada por empresas asociadas a PROFILM, una cifra que evidencia el peso de esta actividad en la economía audiovisual. Pero el retroceso de los dos últimos ejercicios obliga a mirar más allá del brillo de los rodajes: la batalla por atraer producciones internacionales se ha convertido en una carrera económica, administrativa y territorial. En esa carrera, España parte con ventajas reconocidas, pero necesita sostenerlas si quiere seguir siendo algo más que un gran decorado: un verdadero centro de producción internacional.





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