La comedia española vuelve a apoyarse en uno de sus mecanismos más eficaces —el malentendido— para construir una historia que aspira a algo más que provocar carcajadas. Haciendo amigos, dirigida por David Marqués y escrita por Marta González de Vega, parte de una situación disparatada: Antonio y Félix, dos atracadores de poca monta, huyen de la policía después de robar una joyería y acaban refugiándose en el lugar menos previsible. Por una confusión, Félix es tomado por Ángel, el nuevo integrante de un grupo de teatro formado por personas con discapacidad, y los fugitivos deciden seguir el juego para ganar tiempo y desaparecer del radar.
Lo que en principio parece una simple comedia de atracos se transforma pronto en una película de convivencia. El retiro creativo de una semana al que se incorporan por accidente obliga a los protagonistas a compartir ensayos, rutinas, conversaciones y silencios con un grupo que no encaja en sus planes iniciales. La gracia no surge solo de la torpeza criminal de Antonio y Félix, sino del choque entre su mirada desconfiada y un entorno que funciona con otras reglas: escucha, cooperación y confianza. En ese contraste se abre el corazón de la película, que plantea la amistad como un aprendizaje inesperado y no como una frase hecha.
David Marqués, conocido por títulos como El club del paro y por su participación como coguionista en Campeones, se mueve aquí en un territorio familiar para el cine español reciente: la comedia popular con fondo humano. El reto consiste en mantener el equilibrio entre el gag y la emoción, evitando que el mensaje pese más que la historia. Haciendo amigos parece buscar ese punto medio mediante una premisa ágil, personajes reconocibles y un tono luminoso. La película no presenta la discapacidad como un decorado sentimental, sino como parte de una comunidad teatral que interpela a quienes llegan cargados de prejuicios.

Haciendo amigos
El reparto es una de sus principales bazas. Antonio Resines interpreta a Antonio, un delincuente torpe cuyo nombre parece subrayar la cercanía de un personaje más cotidiano que amenazante. Quim Gutiérrez da vida a Félix, el cómplice que queda atrapado en la confusión que sostiene el argumento. Megan Montaner encarna a Eva, la monitora del taller de teatro y figura clave para que el relato no se limite a la persecución policial. A ellos se suma la propia Marta González de Vega, responsable del guion, en un proyecto que también cuenta con el impulso de Santiago Segura y con producción vinculada a Atresmedia Cine, Bowfinger y Sony Pictures.
La elección del título resume bien la intención de la propuesta. Según explicó el propio director en una entrevista promocional, la película llegó a barajar otros nombres durante el rodaje, entre ellos Lo que nos faltaba, hasta que la idea de Haciendo amigos terminó imponiéndose por su sencillez y por su capacidad para describir el viaje de los personajes. No es un título irónico: funciona como una declaración de principios. Los protagonistas empiezan usando al grupo como escondite, pero la convivencia les devuelve una imagen incómoda de sí mismos y les obliga a aprender a mirar de otra manera.
El contexto de estreno también favorece su lectura como película de verano: una comedia accesible, con rostros conocidos y vocación de público amplio. Su lanzamiento en salas españolas el 10 de julio la sitúa en una temporada en la que el espectador suele buscar historias ligeras, pero Haciendo amigos añade una capa de sensibilidad social. No pretende esconder su voluntad de emocionar, aunque su punto de partida sea un robo fallido. En esa mezcla de persecución, teatro y convivencia se advierte una apuesta por la risa amable, por el equívoco que desarma y por personajes que evolucionan sin necesidad de grandes discursos.
Uno de los aspectos más interesantes del filme es su uso del teatro dentro del cine. El taller no funciona solo como escenario narrativo, sino como metáfora: actuar implica ponerse en la piel de otro, escuchar, observar y perder el miedo al ridículo. Para Antonio y Félix, acostumbrados a improvisar desde la mentira, ese espacio puede convertirse paradójicamente en el lugar donde empiecen a decir la verdad. La comedia nace de esa contradicción: dos impostores aprenden autenticidad en un grupo al que llegaron engañando. Si la película consigue sostener esa idea sin paternalismo, puede conectar con una tradición de cine popular capaz de mezclar entretenimiento y reflexión.
En definitiva, Haciendo amigos se presenta como una historia de segundas oportunidades disfrazada de comedia de enredos. Sus ladrones no parecen diseñados para imponer miedo, sino para aprender una lección sencilla y difícil: convivir con otros exige bajar defensas. La película apuesta por una emoción reconocible, por el carisma de sus intérpretes y por una idea que atraviesa toda su promoción: la empatía no se predica, se practica. En tiempos de prisas, prejuicios y etiquetas, la propuesta de David Marqués invita a detenerse un momento, reírse de la torpeza propia y descubrir que, a veces, el mejor plan es dejarse encontrar por los demás.





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