Hay novelas que regresan una y otra vez porque nunca terminan de pertenecer al pasado. Cumbres Borrascosas, publicada por Emily Brontë en 1847, es una de ellas: un relato de deseo, orgullo, violencia emocional y resentimiento que ha resistido lecturas románticas, góticas, feministas y psicológicas. La película de 2026, titulada originalmente Wuthering Heights, se suma a una larga tradición de adaptaciones, pero lo hace desde una sensibilidad claramente contemporánea. Emerald Fennell, responsable de películas marcadas por la provocación y la incomodidad moral, firma aquí el guion, la dirección y la producción de una versión que no parece interesada en la reverencia académica, sino en la sacudida sensorial.
El punto de partida conserva el núcleo del clásico: Catherine Earnshaw y Heathcliff crecen unidos por una relación intensa en los páramos de Yorkshire, un espacio agreste que funciona casi como un tercer protagonista. Él llega a la casa de los Earnshaw como un extraño, sin linaje ni protección social; ella pertenece a un mundo que le ofrece privilegios, pero también jaulas. La conexión entre ambos se alimenta de la infancia compartida, de la rebeldía y de una necesidad mutua que pronto se vuelve dañina. Cuando Catherine se acerca al universo más acomodado de Edgar Linton, la herida de Heathcliff se transforma en rencor, y el amor deja de ser refugio para convertirse en una fuerza destructiva.

Cumbres Borrascosas
La elección de Margot Robbie como Catherine Earnshaw y Jacob Elordi como Heathcliff concentra buena parte de la expectación. Robbie aporta a Catherine una mezcla de magnetismo, contradicción y vulnerabilidad feroz: no es una heroína dócil, sino una figura dominada por impulsos que chocan con las reglas de su entorno. Elordi, por su parte, encarna a un Heathcliff de presencia física imponente y silencio amenazante, un personaje que la película presenta menos como galán romántico que como síntoma de una sociedad incapaz de integrar al diferente. Junto a ellos aparecen Hong Chau, Shazad Latif, Alison Oliver, Martin Clunes y Ewan Mitchell, dentro de un reparto que refuerza la dimensión coral del conflicto.
Fennell se aproxima a Brontë desde un lugar reconocible en su filmografía: el gusto por el artificio, por la belleza incómoda y por los relatos donde el deseo se mezcla con poder, clase y castigo. Esta Cumbres Borrascosas no busca parecer una pieza de museo. Su puesta en escena enfatiza la sensualidad, la textura de los cuerpos, el barro, el viento, los interiores opresivos y una atmósfera de fiebre emocional. La fotografía de Linus Sandgren contribuye a ese contraste entre la grandiosidad del paisaje y la claustrofobia de los vínculos. La música, con partitura de Anthony Willis y canciones de Charli XCX, refuerza la apuesta por una adaptación de época atravesada por códigos pop.
Precisamente ahí se encuentra una de las claves del debate que rodea a la película. Para algunos espectadores, la modernización de la novela permite devolverle su violencia original, a menudo domesticada por lecturas que reducen la obra a un romance trágico. Para otros, el riesgo está en sustituir la complejidad moral de Brontë por una estética de alto impacto, más cercana al videoclip o a la imagen promocional que al drama psicológico. La controversia sobre el reparto de Heathcliff también ha acompañado el lanzamiento, especialmente por las discusiones en torno a la identidad del personaje en la novela y la historia de sus representaciones audiovisuales.
La película llega, además, en un momento en que Hollywood vuelve a mirar a los clásicos literarios como materiales flexibles, capaces de dialogar con nuevas audiencias si se les somete a lecturas arriesgadas. Cumbres Borrascosas no es una historia cómoda para el presente: contiene dependencia, crueldad, jerarquías sociales, humillación y una idea del amor que se parece demasiado a la posesión. Esa incomodidad, sin embargo, es también la razón de su vigencia. La adaptación de Fennell parece entender que el atractivo de Catherine y Heathcliff no reside en que sean modelos sentimentales, sino en que encarnan una pasión imposible de ordenar moralmente.
En términos industriales, el proyecto cuenta con el impulso de Warner Bros. Pictures y de productoras como LuckyChap Entertainment, compañía vinculada a Margot Robbie. Su estreno en cines se planteó estratégicamente alrededor de San Valentín, una fecha irónica para una obra que dinamita cualquier visión apacible del romance. Con una duración de algo más de dos horas, la película se presenta como drama romántico de época, aunque su identidad parece moverse entre el melodrama gótico, la tragedia psicológica y el espectáculo visual contemporáneo.
La recepción crítica ha sido diversa, como suele ocurrir con las adaptaciones que no piden permiso a sus fuentes. Algunos han celebrado su energía, su ambición estética y la decisión de no suavizar la toxicidad del vínculo central. Otros han cuestionado el exceso de estilo, la química entre sus protagonistas o la distancia respecto al espíritu de la novela. Pero incluso las opiniones más severas confirman algo esencial: esta Cumbres Borrascosas no pasa inadvertida. Puede irritar, fascinar o dividir, pero difícilmente deja al espectador en una posición neutral.
Más que una adaptación definitiva, la película de 2026 funciona como una nueva lectura de un mito literario que sigue cambiando con cada época. En sus mejores momentos, recuerda que Cumbres Borrascosas nunca fue una simple historia de amor, sino una exploración extrema de lo que ocurre cuando el deseo, la clase social y la herida narcisista se confunden hasta volverse inseparables. Fennell convierte esa tormenta en una experiencia visual y emocional de alto voltaje. Y quizá ahí radique su mayor acierto: devolver a Brontë no como monumento intocable, sino como una fuerza incómoda que todavía sopla, violenta y desordenada, sobre los páramos del presente.





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