Pedro Aguilera firma una relectura libre de La caza, el clásico de Carlos Saura, y traslada su tensión moral a una reunión de cuatro mujeres en una finca marcada por la memoria. La película, protagonizada por Carmen Machi, Rossy de Palma, Blanca Portillo y Zoé Arnao, utiliza una jornada cinegética para hablar de amistad, privilegio, heridas heredadas y violencia soterrada.
La premisa es sencilla y eficaz. Blanca, Rosa y Carmen, tres amigas que arrastran años de distancia y cuentas pendientes, se reúnen para cazar conejos en una finca familiar. A ellas se suma Diana, la sobrina de Rosa, que observa la jornada desde una posición distinta: pertenece a otra generación y no comparte del todo los códigos, silencios y rencores de las mayores. Lo que empieza como un encuentro aparentemente cotidiano deriva poco a poco en un ajuste de cuentas emocional.
El punto de referencia resulta evidente. En 1966, Carlos Saura convirtió una partida de caza en una de las grandes alegorías del cine español sobre la violencia, la posguerra y las fracturas de clase. Aguilera toma ese dispositivo y lo desplaza al presente. Cambia el grupo masculino del original por un reparto femenino y sustituye el fantasma directo de la Guerra Civil por una red de tensiones más actuales, aunque igualmente enraizadas en la historia social del país.
La operación no se limita a actualizar un argumento conocido. Día de caza propone una mirada sobre mujeres adultas que no aparecen idealizadas ni reducidas a un conflicto sentimental. Son personajes con ambición, orgullo, desgaste, frustraciones y contradicciones. La película se mueve entre la comedia negra y el drama psicológico, y encuentra buena parte de su tensión en los diálogos, donde los comentarios casuales se transforman en reproches y las bromas dejan al descubierto viejas heridas.

Día de caza
El reparto sostiene esa apuesta. Carmen Machi aporta una presencia seca y directa, capaz de introducir humor sin rebajar la incomodidad de las escenas. Rossy de Palma construye un personaje magnético, entre la extravagancia y la vulnerabilidad. Blanca Portillo encarna el peso de la propiedad, de la familia y de una autoridad que empieza a resquebrajarse. Zoé Arnao, por su parte, funciona como testigo incómodo de un mundo que se resiste a desaparecer.
El escenario cumple una función central. La finca no es solo el lugar donde ocurre la acción, sino un espacio cargado de memoria. El calor, el campo seco, los rifles y los animales abatidos construyen una atmósfera de tensión creciente. Aguilera utiliza la caza como ritual social y como metáfora: cada disparo parece acercar a las protagonistas a una verdad que preferirían evitar.
Desde una lectura social, la película conecta los conflictos íntimos con asuntos más amplios: la herencia, el poder, el miedo a perder posición, la persistencia de ciertas jerarquías y la dificultad de romper con los relatos familiares. En ese sentido, la obra no mira al pasado como un recuerdo cerrado, sino como una materia todavía activa. Lo que ocurrió antes condiciona la manera en que los personajes hablan, callan, se defienden y atacan.
El tono es uno de los elementos más arriesgados de la propuesta. La película alterna momentos de sátira, tensión verbal y gravedad dramática. Esa mezcla puede generar cierta irregularidad, pero también evita que el relato quede atrapado en el homenaje solemne. Aguilera no intenta reproducir plano a plano la obra de Saura, sino utilizarla como punto de partida para interrogar el presente.
El resultado es una película que se apoya en la memoria cinematográfica para hablar de cuestiones reconocibles hoy. La amistad entre las protagonistas aparece atravesada por la competencia, la culpa, la dependencia y el resentimiento. Nada estalla de golpe: la tensión se acumula en gestos, silencios y frases aparentemente menores, hasta que el día de campo deja de ser una excursión y se convierte en una confrontación.
Día de caza se presenta, así, como una revisión contemporánea de un imaginario clásico del cine español. Su interés no reside únicamente en el vínculo con La caza, sino en la manera en que convierte ese eco en una pregunta actual: qué permanece bajo la superficie de una sociedad que cree haber superado sus viejas heridas. Bajo el sol de la finca, lo que se persigue no son solo conejos. También se cazan culpas, silencios y formas de violencia que siguen operando aunque cambien sus protagonistas.





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