La nueva versión de Cómo entrenar a tu dragón se enfrenta a una dificultad habitual en el cine contemporáneo: justificar la existencia de un remake de una obra todavía muy presente en la memoria del público. La historia vuelve a situarnos en Mema, una isla de vikingos educados en el miedo a los dragones, y recupera el encuentro entre Hipo, un joven más observador que guerrero, y Desdentao, el Furia Nocturna que desmonta todas las certezas de su comunidad. Sin embargo, el interés de la película no reside solo en volver a contar esa amistad, sino en comprobar si el paso de la animación a la acción real añade una mirada nueva o se limita a reproducir con mayor realismo una emoción ya conocida.
La presencia de Dean DeBlois en la dirección funciona como garantía y, al mismo tiempo, como límite. Su conocimiento del material original permite conservar el pulso emocional de la saga, pero también reduce el margen de sorpresa. La película parece concebida con una fidelidad casi reverencial: respeta la estructura, los grandes momentos dramáticos y el tono de aventura familiar que DreamWorks convirtió en seña de identidad. Esa continuidad se percibe también en la música de John Powell, cuya partitura vuelve a elevar las escenas de vuelo con un lirismo reconocible. El problema es que, en algunos pasajes, esa fidelidad se acerca más a la ilustración que a la reinterpretación cinematográfica.
El conflicto central sigue siendo sólido porque parte de una idea dramática clara: Hipo mira donde los demás solo disparan. Mason Thames compone al protagonista desde la fragilidad y la inteligencia, aunque el guion no siempre le permite escapar de una trayectoria demasiado prevista. Frente a él, Gerard Butler aporta autoridad y peso trágico a Estoico el Inmenso, un personaje que encarna la tradición, la responsabilidad política y el miedo colectivo. La relación entre padre e hijo funciona mejor cuando la película evita subrayar sus emociones y deja que el choque entre ambos se exprese en silencios, gestos y decisiones.
Desdentao continúa siendo el centro magnético del relato. La animación digital conserva sus rasgos felinos, su mezcla de amenaza y ternura, y esa expresividad física que permite comunicar afecto sin convertirlo en una mascota domesticada desde el primer minuto. La película acierta cuando se detiene en la construcción gradual de la confianza: el dibujo en la arena, la distancia prudente, el aprendizaje del vuelo. Ahí el cine respira. Son escenas donde la planificación, el ritmo y la música trabajan juntos para convertir una relación fantástica en una experiencia emocionalmente legible.
Astrid, interpretada por Nico Parker, ofrece un contrapunto necesario, aunque su función dramática permanece algo subordinada al arco de Hipo. Representa la disciplina, la competitividad y la aceptación inicial del orden establecido, pero la película podría explorar con más profundidad su transformación. Nick Frost, como Bocón, aporta alivio cómico y familiaridad, aunque parte del humor conserva una mecánica muy heredada de la versión animada. El resultado es eficaz, pero también evidencia uno de los dilemas del remake: cuando reproduce demasiado bien los códigos originales, corre el riesgo de parecer menos una obra autónoma que una traducción visual.
Desde el punto de vista visual, la película gana densidad material. Mema aparece como un espacio húmedo, rocoso y pesado, con casas de madera, acantilados y cielos de amenaza constante. Esa textura realista aumenta la sensación de peligro, pero también modifica el tono de la fantasía: lo que en animación tenía elasticidad y asombro aquí se vuelve más físico, más grave y, por momentos, menos libre. Las escenas de vuelo son el gran examen de la propuesta. Cuando la cámara acompaña a Hipo y Desdentao con amplitud, la película recupera el vértigo y la emoción del descubrimiento; cuando insiste demasiado en la espectacularidad digital, el impacto se vuelve más previsible.
La dimensión temática mantiene su vigencia. Cómo entrenar a tu dragón habla de una comunidad que ha convertido el miedo en identidad y la violencia en costumbre. La mirada de Hipo introduce una fisura en ese relato colectivo: no vence porque sea más fuerte, sino porque se atreve a interpretar de otro modo aquello que todos han aprendido a odiar. La película funciona mejor cuando confía en esa idea y no necesita explicarla en exceso. Su mensaje sobre el prejuicio, la escucha y la convivencia sigue siendo potente, aunque en esta versión a veces se presenta con una claridad demasiado didáctica.

Cómo entrenar a tu dragón
El vínculo entre Hipo y Estoico aporta la capa más adulta del relato. Estoico no es solo un padre autoritario: es un dirigente atrapado por la necesidad de proteger a los suyos mediante las mismas reglas que han mantenido viva a la aldea. Esa complejidad evita que el conflicto se reduzca a una simple oposición entre juventud abierta y tradición cerrada. Hipo, por su parte, no rechaza su mundo, sino que intenta imaginarlo de otra manera. En términos cinematográficos, ahí aparece la mejor tensión de la película: la lucha entre heredar una forma de mirar y atreverse a cambiar el encuadre.
Como remake, la película resulta solvente, emotiva y técnicamente cuidada, pero rara vez verdaderamente arriesgada. Su principal virtud es respetar el corazón de la historia; su principal debilidad, depender demasiado de él. La acción real aporta peso visual, rostros y texturas, pero no siempre encuentra una razón expresiva que supere la potencia plástica de la animación original. La película emociona porque la base dramática sigue siendo poderosa, no necesariamente porque la nueva versión descubra caminos inesperados.
En definitiva, Cómo entrenar a tu dragón vuelve a despegar con nobleza, oficio y momentos de auténtica belleza, especialmente cuando deja que el vuelo sea una experiencia antes que una demostración técnica. Pero también confirma las limitaciones de una industria inclinada a revisar sus éxitos recientes con prudencia calculada. La película conserva la emoción del mito original, aunque no siempre consigue transformarla. Su vuelo es hermoso, sí, pero demasiado consciente de la ruta que ya conoce.





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