En una ciudad marcada por la tradición artesanal, Fusajiro Yamauchi abrió un pequeño negocio dedicado a fabricar cartas hanafuda, un popular juego japonés ilustrado con motivos florales. Nadie podía imaginar entonces que aquella empresa familiar, nacida lejos de los circuitos tecnológicos, acabaría convirtiéndose en una de las compañías más reconocibles del entretenimiento mundial. Más de 135 años después, Nintendo es sinónimo de consolas, personajes inolvidables y una forma de entender el videojuego basada en la sorpresa, la accesibilidad y la imaginación.
La historia comenzó con papel, tinta y oficio. Las primeras cartas de Nintendo eran hanafuda hechas a mano, piezas pequeñas pero cuidadosamente diseñadas que encontraron espacio en los hogares y salones de juego japoneses. El negocio creció gracias a la calidad del producto y a una distribución cada vez más sólida. En 1902, la compañía dio un primer paso hacia la modernización al fabricar también barajas de estilo occidental, una decisión que anticipaba una constante en su trayectoria: mirar más allá de su mercado inicial y adaptarse a nuevas formas de ocio.
Durante décadas, Nintendo fue una empresa de cartas. Pero bajo la presidencia de Hiroshi Yamauchi, que asumió el mando en 1950, empezó a tomar forma una ambición distinta. La compañía profesionalizó su producción, apostó por materiales más resistentes y firmó en 1959 un acuerdo con Disney para utilizar sus personajes en las barajas. Aquella alianza no fue solo una operación comercial: fue una señal temprana de que Nintendo entendía el valor de los mundos imaginarios, las mascotas reconocibles y la conexión emocional con el público infantil.

De los naipes hanafuda a las consolas híbridas, Nintendo ha construido su historia sobre una misma idea: reinventar la forma de jugar
Los años sesenta fueron una etapa de búsquedas, tanteos y fracasos. Nintendo probó negocios de todo tipo, desde juguetes hasta juegos de mesa, pasando por máquinas recreativas y otros proyectos alejados de su origen. No todas las apuestas funcionaron, pero aquella década dejó una lección decisiva: la empresa no podía vivir solo de las cartas. En 1963 adoptó el nombre Nintendo Co., Ltd. y comenzó a reforzar una cultura interna orientada a experimentar, equivocarse y volver a intentarlo.
La entrada en la electrónica abrió un camino irreversible. Con juguetes como Beam Gun, Nintendo empezó a mezclar juego físico y tecnología. A finales de los setenta llegó al mercado de las consolas domésticas con Color TV-Game y poco después encontró una oportunidad en los salones recreativos. El punto de inflexión llegó en 1981 con Donkey Kong, diseñado por Shigeru Miyamoto. En aquella máquina apareció un carpintero que más tarde sería fontanero y se llamaría Mario. Había nacido el rostro más célebre de la compañía.
El éxito de Donkey Kong demostró que Nintendo no solo sabía vender aparatos: podía construir personajes y relatos. Esa intuición se confirmó en 1983 con el lanzamiento en Japón de la Family Computer, la Famicom. Su versión internacional, la Nintendo Entertainment System, llegó en un momento delicado para la industria, especialmente en Estados Unidos, donde el mercado del videojuego había perdido credibilidad. Con controles de calidad estrictos, cartuchos identificables y títulos como Super Mario Bros., The Legend of Zelda y Metroid, Nintendo ayudó a devolver el videojuego al salón familiar.
La siguiente conquista fue portátil. En 1989, Game Boy llevó el entretenimiento interactivo al bolsillo con una fórmula sencilla: resistencia, autonomía y juegos adictivos. Tetris fue su primer gran reclamo; Pokémon, años después, la convirtió en fenómeno global. Mientras tanto, Super Nintendo consolidaba el prestigio creativo de la empresa y Nintendo 64 trasladaba sus mundos al 3D con títulos como Super Mario 64 y The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Nintendo no siempre lideró en potencia técnica, pero defendió una idea propia: lo importante era cómo se jugaba.
El cambio de siglo confirmó esa estrategia. GameCube no logró imponerse en una generación muy competida, pero Nintendo DS y Wii devolvieron a la compañía al centro de la conversación. La primera apostó por la doble pantalla y el control táctil; la segunda convirtió el movimiento del cuerpo en forma de juego. Con Wii Sports, millones de personas que nunca se habían considerado jugadoras agarraron un mando para jugar al tenis, al golf o a los bolos desde el salón de casa. Nintendo había ampliado el público del videojuego.
También hubo tropiezos. Wii U, lanzada en 2012, no logró explicar con claridad su propuesta y quedó lejos del impacto de su predecesora. Pero Nintendo volvió a hacer lo que mejor sabe: reinventarse. En 2017 presentó Switch, una consola híbrida que podía conectarse al televisor o utilizarse como portátil. La idea era simple y poderosa. Con The Legend of Zelda: Breath of the Wild, Super Mario Odyssey, Animal Crossing: New Horizons y Mario Kart 8 Deluxe, Switch se convirtió en uno de los mayores éxitos recientes de la industria.
La trayectoria de Nintendo explica por qué pocas marcas han conseguido mantenerse relevantes durante tanto tiempo. La compañía ha pasado de los naipes artesanales a los universos digitales sin renunciar a una identidad reconocible: juegos accesibles, personajes carismáticos y una apuesta constante por sorprender. En un sector dominado a menudo por la carrera tecnológica, Nintendo ha preferido competir con ideas. Esa diferencia, cultivada desde un pequeño taller de Kioto hasta los hogares de millones de jugadores, es la clave de una historia empresarial que sigue escribiéndose partida a partida.





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