En tiempos de relatos veloces, giros calculados y personajes definidos por objetivos claros, Apuntes para una ficción consentida avanza en otra dirección: la de la deriva, la escucha y la pregunta abierta. El largometraje de Ana Serret Ituarte, situado entre el drama, el metacine y el retrato íntimo, sigue a Lea Grand, una actriz suiza instalada en Madrid que intenta encontrar su forma de ser actriz en un país que no es el suyo. La premisa parece sencilla, pero bajo esa superficie se despliega una reflexión sobre el desarraigo, la representación y la necesidad de construir una identidad cuando los mapas habituales ya no sirven.
La película, escrita y dirigida por Serret Ituarte, tiene como protagonista a Isabelle Stoffel, acompañada por intérpretes como Àlex Brendemühl, Violeta Rodríguez, Manfred Liechti, Mona Petri, Francesca Piñón, Sigfrid Monleón y Fabian Krüger. Con una duración cercana a los 79 minutos y producción española, la obra se ha presentado como un debut de ficción que no renuncia a la huella documental ni al impulso autobiográfico. Su paso por la sección Alquimias de la Seminci y su posterior estreno en salas españolas la sitúan dentro de una línea de cine independiente interesado menos en ofrecer certezas que en observar procesos.

Apuntes para una ficción consentida
Lea Grand aparece como una mujer desplazada en varios sentidos. Es extranjera en Madrid, pero también parece extranjera respecto a sí misma. Quiere actuar, aunque no siempre sabe desde dónde hacerlo; desea pertenecer, pero cada encuentro le recuerda que pertenecer no es solo dominar una lengua o conocer una ciudad. En su camino se cruzan personajes singulares: una joven actriz, una expareja, un pianista que no habla, una vecina o un enfermero especialista en murciélagos. Más que piezas de una trama convencional, funcionan como espejos parciales, presencias que empujan a Lea a mirarse desde ángulos inesperados.
El título resulta clave para entender la propuesta. No se trata de una ficción cerrada, sino de apuntes: fragmentos, tanteos, escenas que parecen capturar un pensamiento antes de ordenarse del todo. La palabra "consentida" sugiere además un pacto entre quien filma, quien actúa y quien mira. La película no impone una explicación definitiva sobre su protagonista; más bien invita al espectador a aceptar la incertidumbre como forma de conocimiento. En ese sentido, su estructura fragmentaria no es un capricho, sino una manera de aproximarse a una experiencia vital hecha de interrupciones, dudas y pequeñas revelaciones.
Uno de los ejes más sugerentes del filme es su diálogo con el oficio de actuar. Lea busca "su forma" de ser actriz, una expresión que va más allá de conseguir trabajo o dominar una técnica. La película pregunta qué significa interpretar cuando la vida cotidiana ya exige representar papeles: la extranjera, la artista, la expareja, la vecina, la mujer que debe explicar quién es. Al situar esa búsqueda en Madrid, Serret Ituarte convierte la ciudad en algo más que escenario. Sus calles, interiores y espacios de tránsito acompañan el estado emocional de la protagonista, alejándose de la postal reconocible para acercarse a una geografía íntima y algo desorientada.
La interpretación de Isabelle Stoffel sostiene buena parte de esa apuesta. Su trabajo parece apoyarse en gestos mínimos, silencios y miradas antes que en grandes estallidos dramáticos. Lea no se define por discursos rotundos, sino por vacilaciones: lo que no dice pesa tanto como lo que expresa. Alrededor de ella, los secundarios aportan tonalidades distintas, a veces excéntricas, a veces melancólicas, siempre ligadas a esa sensación de búsqueda. La presencia del pianista mudo, por ejemplo, introduce una poética del silencio que dialoga con la dificultad de encontrar una voz propia.
Formalmente, Apuntes para una ficción consentida apuesta por el ritmo pausado y por una narración que se resiste a subrayar. La fotografía de Almudena Sánchez y la música de Javier Porro acompañan esa textura de observación sin convertirla en una experiencia solemne. La película puede resultar esquiva para quienes busquen una progresión dramática clásica, pero esa posible dispersión forma parte de su identidad. Su interés no está en resolver la vida de Lea, sino en mostrar el movimiento interior de alguien que empieza a aceptar que quizá estaba buscando en el lugar equivocado.
En el panorama del cine español reciente, la película se inscribe en una sensibilidad que mezcla autobiografía, ensayo y ficción para hablar de experiencias contemporáneas: migrar, sentirse fuera de sitio, trabajar en un oficio precario, construir vínculos en ciudades que acogen y expulsan al mismo tiempo. Su mirada feminista no necesita proclamarse de manera programática; aparece en la atención a una subjetividad femenina que se permite dudar, perderse y no responder a las expectativas de eficacia o éxito.
Apuntes para una ficción consentida es, en última instancia, una película sobre la fragilidad de las certezas. Ana Serret Ituarte construye una obra pequeña en escala, pero ambiciosa en sus preguntas: cómo se habita una lengua ajena, cómo se actúa sin traicionarse, cómo se encuentra una casa cuando el hogar ya no es un lugar evidente. Su fuerza reside en no cerrar esas preguntas. Las deja vibrando, como notas sueltas de una ficción que solo puede existir si quien la mira acepta consentir también su misterio.





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